Víctor
Barrio. Un golpe de viento, verdad e impostura
El 8
de abril de 2012 estábamos en el coso de Las Ventas. No fue una tarde
memorable. Curro no pudo estar.
El
09 de julio de 2016, en una de esas piruetas del destino que tanto juego han
dado en la tauromaquia, ese Curro, que en su día no pudo dar la alternativa a
Víctor, estaba en el lugar preciso para acompañar sin aliento el último
suspiro.
La
tauromaquia es lo que es, verdad en la que la vida y la muerte habitan el aire
y lo espesan, almizcles de tabaco y perfume, poesía que esculpe el aire con
ecos de una lucha tan primitiva como el hombre, lenguaje ancestral en el que
hablan la racionalidad de uno y la bravura de otro. Ocasionalmente hay un
minuto en el que el tiempo se detiene.
El
toro, al contrario que un pollo de corral, no es un número, tiene un nombre,
una personalidad y un destino: morir en la plaza o matar muriendo, o bien triunfar y morir de viejo (el toro
triunfa cuando es indultado, curiosamente, cuando esto sucede siempre son dos
los ganadores).
Un
golpe de viento (ese viento soberbio que inmortalizó Kandinsky en su “San Jorge”)
hizo que Lorenzo descubriera el engaño, su instinto y sus defensas naturales
hicieron el resto. Los toros se viven
porque se muere, la sangre no es un cubo de tinta china para la galería, la
sangre es de verdad, la lucha es de verdad y en buena lid.
Posiblemente
no sea el arte más agradable del mundo, mucho menos una varieté complaciente
con propios o extraños, pero si conserva un primitivismo que nos pertenece, un
lenguaje que alguna vez fue nuestro, el tiempo enredado en un capote.
Víctor,
allá donde estés, vaya bonito TORERO.
En
este mundo tecnificado y ultraconectado las noticias corren a la velocidad de
un bit, y la algarabía de los nuevos guardianes de la moral y las mejores y más
evolucionadas costumbres no tardó ni un minuto, ningún taurino esperaba menos
de quienes pasan el verano de fiesta en fiesta (cualquier animalista conoce más
ferias taurinas que los taurinos, pero ¿qué sabemos de ellos?). ¡No se pierden
una las criaturas!
Antes
de proseguir unas pinceladas gruesas sobre “animalistas”.
Los “actuales”
poco tienen que ver con los “animalistas” primigenios, que hoy en día son tan o
más defenestrados en sus supuestas filas que los taurinos. Los originales, los
que dieron prestigio al movimiento, y los que aún hoy trabajan día a día para
que los animales sean tenidos en cuenta como seres vivos a los que cuando menos
debemos respeto, son los conocidos como “bienestaristas”. Éstos no pretenden
que los animales sean dioses ni humanos, no ambicionan que el hombre deje de
ser omnívoro; sí desean que los animales sean tratados de forma correcta, que
no haya animales domésticos abandonados a su suerte, que el que abandone pague,
que los animales adoptados como domésticos lo sean por naturaleza (algunos “urbanitas”
adoptan cualquier “bestia” de la que se encaprichen sin medir las consecuencias),
que se respete su integridad física, y una serie de cuestiones para la
ganadería, en general tan asumibles (como sorprendentes en algunos casos). Este
movimiento bienestarista siempre tuvo sus conflictos con los ecologistas, pero
son dos sectores que se pueden sentar a “negociar” para alcanzar un equilibrio,
al fin y al cabo el bienestarismo no pretende cambiar la naturaleza, sino
mejorar la situación de aquella que más inmediatamente nos rodea (como poco,
que no es tarea fácil). Cuando en las filas de las diferentes organizaciones
defensoras de los animales fueron aterrizando los vaganistas (les denomino así
puesto que vagano es, en principio, una opción alimentaria cuyas motivaciones
no me atañen; y llamarles animalistas misántropos, más descriptivo y seguro más
apropiado, no acaba de “complacerme”) los bienestaristas fueron “absorbidos”, “vilipendiados”
y en muchos casos “eliminados”. Una escenificación pública de las luchas
intestinas toma forma en diciembre de 2014. Por una parte estaría Virginia
Iniesta (quien sin duda ha hecho más por las mascotas que la mayoría de los
animalistas juntos) y el omnipresente holandés Peter Jansen, uno de los
abanderados “de la causa” en su último estadio “evolutivo”. El motivo: la
profesión de la primera, investigadora en una Universidad. Objetivo del
estudio: leishmaniosis. Virginia no sólo se ocupó de mejorar el entorno en el
que vivían los animales que eran utilizados como “conejillos” en el estudio, se
hizo vegana. Esto no fue suficiente para Jansen, quien tras una dura campaña de
desprestigio entre los suyos que consiguió hacerla dimitir antes que la
dimitieran (y pudieran exhibir su renuncia como un trofeo). Una de las primeras
normas vaganas es la inadmisión de toda crítica y la asunción de una
superioridad moral que no admite discusión (lo mejor de todo es que no les
replicamos, todavía no tengo claro si es por no perder el tiempo o nos admira,
muy en el fondo, el hecho de no sucumbir a un taquito de jamón “en público”).
Si
en un tiempo “el hombre fue la medida de todas las cosas” (¡qué presuntuosos
somos!), ahora se pide “igualdad animal”, hombres y animales hermanados por el
sistema nervioso y los sentires. Dicha igualdad se enmarca, naturalmente, dentro
de la concepción ultraliberal de igualdad, esa igualdad exasperante en la que
no importa el punto del que se parte puesto que todos nacemos con las mismas
posibilidades de ser lo que queramos, de hacer lo que queramos, esa igualdad en
la que no hay circunstancias, siquiera historia (están comenzando por Goya, (en
breve seguirán con Picaso) han manipulado ya algún artículo periodístico que
aún sigue impoluto en “El Cosío”, y cualquier día amaneceremos con la exclusiva
de que Alfonso Navalón escribía sobre toros porque le obligaron a punta de
pistola; curiosamente el revisionismo histórico es uno de los puntales del
totalitarismo). Los animales y plantas, no cabe duda de que son seres vivos y
posiblemente sintientes, pero mis sentimientos tienen tanto o más que ver con
mi cultura y la de mis ancestros que con mi sistema nervioso.
Igualar
humanos y “animales no humanos” es una forma sutil de hacer prescindir al
primero de la posibilidad de raciocinio y supeditarlo de forma voluntaria al no
humano, al sentir, así nos encontramos con gentes que dicen haber nacido para
cuidar a su perrito chow chow o debates absurdos cómo qué deberían haber hecho
los responsables del zoo de Cincinnati cuando un travieso niño de cuatro años
cayó en los dominios del gorila Harambe, quien muy amable se limitó a agarrarle
y darle un paseíto por el riachuelo que atravesaba sus aposentos, y que jamás le
hubiera hecho año (de forma consciente sin duda) puesto que animales humanos y
no humanos son iguales y su entendimiento sobrepasa las barreras del lenguaje.
(En este último debate, lo más interesante es que se cuestionó la labor de los
responsables del zoo, se denunció el descuido de los “irresponsables” padres
(creo que ya les han absuelto)… y parece que nadie se preguntó qué clase de
instalaciones tenía el zoo para que un inquieto chaval de cuatro años pudiese
acabar sentado en el hogar de un gorila. Para qué ¿verdad? si al fin y al cabo
tenemos unos padres a los que llamar sin vergüenza incompetentes, cualquiera de
nosotros cuidaría mejor al chaval ¿no es cierto?).
Aparte
de la superioridad moral de la que constantemente hacen gala los animalistas,
una parte importante se considera a sí misma ecologista (incluso les sorprende
que les echen de algún “club”). Nada más lejos de la realidad. Mientras el
ecologismo aspira a un desarrollo sostenible y pretende una comprensión holística
de la naturaleza, el animalismo pujante ambiciona que los humanos, los no
humanos y la naturaleza se comporten como “ellos creen que deberían comportarse”.
En sus tiendas no sólo tienen chorizos a la soja con especias portuguesas “que
conservan el sabor tradicional” sin sacrificar un solo ser vivo (la
implantación del monocultivo soja ya sabemos que es pacífica y sin
damnificados; el consumo masivo de quinua también sabemos que no ha provocado problemas
de malnutrición en el altiplano boliviano, ni conflictos entre comunidades
vecinas al implantar el modelo capitalista de producción, ni ha afectado un
ápice a su gastronomía tradicional, las llamas pululan tranquilas y todo así) sino
que también disponen de pienso vagano para gatos, si, ha leído bien, para
gatos, ese depredador natural que habita como mascota miles de casas. (Francamente,
existiendo animales domésticos herbívoros ¿no es más sencillo que adopten uno
que por naturaleza, tiene los mismos gustos culinarios que ellos por ideología?
Por cierto, ¿qué hace un vagano cuando un gato ídem caza una mosca o da el
golpe de gracia a una lagartija? ).
Como
era de esperar, su pensamiento no es un producto original de urbanitas
hedonistas con supermercados llenos de productos, su gurú (defenestrado también
por sus aprendices por, parece ser, aceptar que los animales pueden ser matados
para servir de alimento) fue Peter Singer, quien en 1975 publicó “Liberación
animal” (a estas alturas el pasaje interesante deduzco que ya ha sido
debidamente mutilado), también fue expulsado de la Universidad de Princeton, el
motivo, si buscan mucho y bien, lo encontrarán documentado en internet… o no
(los animalistas manipulan las redes casi mejor que “los grandes
sentimientos”). En cualquier caso, saber de dónde vienen y cómo son, hace más comprensible
las celebraciones y chanzas con las que recibieron la noticia de la muerte de
un torero en el coso (por otra parte, la verdad de los cuernos, la certeza de
la muerte y el calor de la sangre anula sus absurdas certezas sobre animales
tullidos en las plazas).
Por
una vez, el viento en el ruedo no sólo dejó descubierto a un torero, sino
también la moral de quienes nos miran
por encima del hombro por degustar un filete (de los de verdad, no de esos de
papaya).
Primero
vinieron por los toros y los toreros (eran el blanco más fácil. Lo que ignoran
es que una parte de los críticos taurinos de los setenta auguraban que la
fiesta no llegaría al siglo XXI, se equivocaron, en la década de los ochenta
con el cambio de gestión de la plaza de Las Ventas en unos siete años los
abonos pasaron de cuatro mil a dieciocho mil, llegando en los 90 a los veintitrés
mil),
pero
no importó, la tauromaquía no interesaba (tanto como el fútbol).
Los
siguientes fueron cazadores y pescadores (otro blanco igual de fácil)
pero
no importó, ni cazaba ni pescaba, aficiones demasiado tranquilas para los
amantes de las emociones fuertes.
Luego
fueron por los ganaderos (ya llevan un tiempo trabajando en ello con ahínco, lo
cual da muestra de los vastos conocimientos sobre agricultura que poseen)
pero
no importó, ya sólo comía frutas caídas del árbol.
Finalmente
mil plagas de conejos y liebres hambrientas
devoraron
cosechas.
Yo acepté
alimentarme de tierra y orina (el agua la había patentado una multinacional para
todo),
los
miles de personas que no aceptaron el trato
murieron
una tras otra.
Sin sufrimiento.
A nadie
importó.
Si
la tauromaquia ha de sobrevivirnos o no, debería depender de ella misma y sus
aficionados, por respeto a lo que en su día fue y para otros representó (ahora
uno tiene cientos de realitys y muchos equipos de fútbol para conseguir un
minuto de gloria ) merece una muerte natural y con el amor en la mano izquierda
(conservarla como espectáculo para turistas sólo puede denigrarla). La única
petición es respeto para nuestros toreros y nuestros toros. Sólo eso. ¿Es tanto
pedir?
En
cualquier caso, la tauromaquia no es el problema (sólo el blanco fácil) sino los
gremios a los que intentarán hacer sucumbir después.
Todos
podemos entender, que algo tan ancestral como la tauromaquia, está lejos de las
sensibilidades actuales; incluso es comprensible que cuando muchos descubren
que detrás de las bandejitas de carne del súper hay un animal vivo decidan
cambiar de régimen alimenticio. Las sensibilidades se modifican porque las
circunstancias importan, y nada de ello impide saber que los antepasados de
nuestros antepasados criasen y matasen pollos y cerdos con sus manos, que la
ciencia usara cobayas en sus experimentos para que hoy estemos libres de algunas
enfermedades, etc.
La
naturaleza no es un parque de atracciones lleno de emociones y sensiblería, es
una jungla en la que todos y cada uno de los seres vivos luchamos por
sobrevivir (plantas incluidas, que aunque carezcan de “sistema nervioso” no
podemos olvidar que están vivas). Nuestra tarea, como seres racionales, es
conseguir “un equilibrio” entre las necesidades de unos y otros, y lo que Gea
nos puede ofrecer, y no, no vamos por buen camino (y no porque sobren personas,
que aquí no sobra ni dios).
DEP
Víctor Barrio
Preguntas
absurdas que no sé si se hacen los animalistas en la intimidad:
¿Qué
pasa con los toros en Portugal cuando se apagan las luces de la plaza?
¿Qué
sucede con los caballos cuando se les despide del trabajo?
¿Qué
tratamiento reciben los animales retirados de los circos? ¿Hay hueco para todos
en los santuarios o se sacrifica a unos cuantos sin dolor (eso sobre todo)?
¿Cómo
es posible que la izquierda haya quedado reducida a defensores de mujeres y animales?
P.D:
No es necesario contestar ninguna. Gracias (si alguien ha sido capaz de llegar
hasta el final). ¡Menuda chapa!
©Luisa
L. Cortiñas
Nunca
pensé que un artículo como éste estrenase “de
facto” mi “catálogo del declive”.
.

no me publica el comentario que habia escrito.
ResponderEliminarno me publica el comentario que habia escrito.
ResponderEliminarLo siento captainhook, lo cierto es que no he puesto moderación de ningún tipo. No te debería de dar ningún problema. Un saludo.
ResponderEliminar
ResponderEliminarMe parece que el problema lo cree yo mismo al hacer clic sobre "vista previa" antes que a "publicar", después pude comprobar que era al revés, al publicar mi frase de mas arriba. Que por cierto el programa me la publico por duplicado. No se si por un error suyo, mio o quizás de los dos,quien sabe... O quizás lo hizo adrede como premio/disculpa... O si fue una forma irónica de llamarme zoquete tecnológico.
En fin, que me quede sin publicar el comentario de marras y no puedo volver a escribirlo porque era un ladrillazo de mucho cuidado, algunos han sido objeto de estudio, a nivel virtual me refiero), no tanto por su calidad como por su desmesurada cantidad. Razón por la cual se me hace imposible recordar en su totalidad semejante cumulo de palabras. Lo que si puedo decirte es que a groso modo, era positivo hacia tu comentario, con sus mas y sus menos, pero positivo al fin y al cabo.
Gracias por tu atención.
UN SALUDO