martes, 12 de julio de 2016

Víctor Barrio. Un golpe de viento, verdad e impostura












Víctor Barrio. Un golpe de viento, verdad e impostura

El 8 de abril de 2012 estábamos en el coso de Las Ventas. No fue una tarde memorable. Curro no pudo estar.
El 09 de julio de 2016, en una de esas piruetas del destino que tanto juego han dado en la tauromaquia, ese Curro, que en su día no pudo dar la alternativa a Víctor, estaba en el lugar preciso para acompañar sin aliento el último suspiro.
La tauromaquia es lo que es, verdad en la que la vida y la muerte habitan el aire y lo espesan, almizcles de tabaco y perfume, poesía que esculpe el aire con ecos de una lucha tan primitiva como el hombre, lenguaje ancestral en el que hablan la racionalidad de uno y la bravura de otro. Ocasionalmente hay un minuto en el que el tiempo se detiene.
El toro, al contrario que un pollo de corral, no es un número, tiene un nombre, una personalidad y un destino: morir en la plaza o matar muriendo,  o bien triunfar y morir de viejo (el toro triunfa cuando es indultado, curiosamente, cuando esto sucede siempre son dos los ganadores).
Un golpe de viento (ese viento soberbio que inmortalizó Kandinsky en su “San Jorge”) hizo que Lorenzo descubriera el engaño, su instinto y sus defensas naturales hicieron el resto.  Los toros se viven porque se muere, la sangre no es un cubo de tinta china para la galería, la sangre es de verdad, la lucha es de verdad y en buena lid.
Posiblemente no sea el arte más agradable del mundo, mucho menos una varieté complaciente con propios o extraños, pero si conserva un primitivismo que nos pertenece, un lenguaje que alguna vez fue nuestro, el tiempo enredado en un capote.
Víctor, allá donde estés, vaya bonito TORERO.

En este mundo tecnificado y ultraconectado las noticias corren a la velocidad de un bit, y la algarabía de los nuevos guardianes de la moral y las mejores y más evolucionadas costumbres no tardó ni un minuto, ningún taurino esperaba menos de quienes pasan el verano de fiesta en fiesta (cualquier animalista conoce más ferias taurinas que los taurinos, pero ¿qué sabemos de ellos?). ¡No se pierden una las criaturas!
Antes de proseguir unas pinceladas gruesas sobre “animalistas”.
Los “actuales” poco tienen que ver con los “animalistas” primigenios, que hoy en día son tan o más defenestrados en sus supuestas filas que los taurinos. Los originales, los que dieron prestigio al movimiento, y los que aún hoy trabajan día a día para que los animales sean tenidos en cuenta como seres vivos a los que cuando menos debemos respeto, son los conocidos como “bienestaristas”. Éstos no pretenden que los animales sean dioses ni humanos, no ambicionan que el hombre deje de ser omnívoro; sí desean que los animales sean tratados de forma correcta, que no haya animales domésticos abandonados a su suerte, que el que abandone pague, que los animales adoptados como domésticos lo sean por naturaleza (algunos “urbanitas” adoptan cualquier “bestia” de la que se encaprichen sin medir las consecuencias), que se respete su integridad física, y una serie de cuestiones para la ganadería, en general tan asumibles (como sorprendentes en algunos casos). Este movimiento bienestarista siempre tuvo sus conflictos con los ecologistas, pero son dos sectores que se pueden sentar a “negociar” para alcanzar un equilibrio, al fin y al cabo el bienestarismo no pretende cambiar la naturaleza, sino mejorar la situación de aquella que más inmediatamente nos rodea (como poco, que no es tarea fácil). Cuando en las filas de las diferentes organizaciones defensoras de los animales fueron aterrizando los vaganistas (les denomino así puesto que vagano es, en principio, una opción alimentaria cuyas motivaciones no me atañen; y llamarles animalistas misántropos, más descriptivo y seguro más apropiado, no acaba de “complacerme”) los bienestaristas fueron “absorbidos”, “vilipendiados” y en muchos casos “eliminados”. Una escenificación pública de las luchas intestinas toma forma en diciembre de 2014. Por una parte estaría Virginia Iniesta (quien sin duda ha hecho más por las mascotas que la mayoría de los animalistas juntos) y el omnipresente holandés Peter Jansen, uno de los abanderados “de la causa” en su último estadio “evolutivo”. El motivo: la profesión de la primera, investigadora en una Universidad. Objetivo del estudio: leishmaniosis. Virginia no sólo se ocupó de mejorar el entorno en el que vivían los animales que eran utilizados como “conejillos” en el estudio, se hizo vegana. Esto no fue suficiente para Jansen, quien tras una dura campaña de desprestigio entre los suyos que consiguió hacerla dimitir antes que la dimitieran (y pudieran exhibir su renuncia como un trofeo). Una de las primeras normas vaganas es la inadmisión de toda crítica y la asunción de una superioridad moral que no admite discusión (lo mejor de todo es que no les replicamos, todavía no tengo claro si es por no perder el tiempo o nos admira, muy en el fondo, el hecho de no sucumbir a un taquito de jamón “en público”).
Si en un tiempo “el hombre fue la medida de todas las cosas” (¡qué presuntuosos somos!), ahora se pide “igualdad animal”, hombres y animales hermanados por el sistema nervioso y los sentires. Dicha igualdad se enmarca, naturalmente, dentro de la concepción ultraliberal de igualdad, esa igualdad exasperante en la que no importa el punto del que se parte puesto que todos nacemos con las mismas posibilidades de ser lo que queramos, de hacer lo que queramos, esa igualdad en la que no hay circunstancias, siquiera historia (están comenzando por Goya, (en breve seguirán con Picaso) han manipulado ya algún artículo periodístico que aún sigue impoluto en “El Cosío”, y cualquier día amaneceremos con la exclusiva de que Alfonso Navalón escribía sobre toros porque le obligaron a punta de pistola; curiosamente el revisionismo histórico es uno de los puntales del totalitarismo). Los animales y plantas, no cabe duda de que son seres vivos y posiblemente sintientes, pero mis sentimientos tienen tanto o más que ver con mi cultura y la de mis ancestros que con mi sistema nervioso.
Igualar humanos y “animales no humanos” es una forma sutil de hacer prescindir al primero de la posibilidad de raciocinio y supeditarlo de forma voluntaria al no humano, al sentir, así nos encontramos con gentes que dicen haber nacido para cuidar a su perrito chow chow o debates absurdos cómo qué deberían haber hecho los responsables del zoo de Cincinnati cuando un travieso niño de cuatro años cayó en los dominios del gorila Harambe, quien muy amable se limitó a agarrarle y darle un paseíto por el riachuelo que atravesaba sus aposentos, y que jamás le hubiera hecho año (de forma consciente sin duda) puesto que animales humanos y no humanos son iguales y su entendimiento sobrepasa las barreras del lenguaje. (En este último debate, lo más interesante es que se cuestionó la labor de los responsables del zoo, se denunció el descuido de los “irresponsables” padres (creo que ya les han absuelto)… y parece que nadie se preguntó qué clase de instalaciones tenía el zoo para que un inquieto chaval de cuatro años pudiese acabar sentado en el hogar de un gorila. Para qué ¿verdad? si al fin y al cabo tenemos unos padres a los que llamar sin vergüenza incompetentes, cualquiera de nosotros cuidaría mejor al chaval ¿no es cierto?).
Aparte de la superioridad moral de la que constantemente hacen gala los animalistas, una parte importante se considera a sí misma ecologista (incluso les sorprende que les echen de algún “club”). Nada más lejos de la realidad. Mientras el ecologismo aspira a un desarrollo sostenible y pretende una comprensión holística de la naturaleza, el animalismo pujante ambiciona que los humanos, los no humanos y la naturaleza se comporten como “ellos creen que deberían comportarse”. En sus tiendas no sólo tienen chorizos a la soja con especias portuguesas “que conservan el sabor tradicional” sin sacrificar un solo ser vivo (la implantación del monocultivo soja ya sabemos que es pacífica y sin damnificados; el consumo masivo de quinua también sabemos que no ha provocado problemas de malnutrición en el altiplano boliviano, ni conflictos entre comunidades vecinas al implantar el modelo capitalista de producción, ni ha afectado un ápice a su gastronomía tradicional, las llamas pululan tranquilas y todo así) sino que también disponen de pienso vagano para gatos, si, ha leído bien, para gatos, ese depredador natural que habita como mascota miles de casas. (Francamente, existiendo animales domésticos herbívoros ¿no es más sencillo que adopten uno que por naturaleza, tiene los mismos gustos culinarios que ellos por ideología? Por cierto, ¿qué hace un vagano cuando un gato ídem caza una mosca o da el golpe de gracia a una lagartija? ).
Como era de esperar, su pensamiento no es un producto original de urbanitas hedonistas con supermercados llenos de productos, su gurú (defenestrado también por sus aprendices por, parece ser, aceptar que los animales pueden ser matados para servir de alimento) fue Peter Singer, quien en 1975 publicó “Liberación animal” (a estas alturas el pasaje interesante deduzco que ya ha sido debidamente mutilado), también fue expulsado de la Universidad de Princeton, el motivo, si buscan mucho y bien, lo encontrarán documentado en internet… o no (los animalistas manipulan las redes casi mejor que “los grandes sentimientos”). En cualquier caso, saber de dónde vienen y cómo son, hace más comprensible las celebraciones y chanzas con las que recibieron la noticia de la muerte de un torero en el coso (por otra parte, la verdad de los cuernos, la certeza de la muerte y el calor de la sangre anula sus absurdas certezas sobre animales tullidos en las plazas).
Por una vez, el viento en el ruedo no sólo dejó descubierto a un torero, sino también la moral  de quienes nos miran por encima del hombro por degustar un filete (de los de verdad, no de esos de papaya).

Primero vinieron por los toros y los toreros (eran el blanco más fácil. Lo que ignoran es que una parte de los críticos taurinos de los setenta auguraban que la fiesta no llegaría al siglo XXI, se equivocaron, en la década de los ochenta con el cambio de gestión de la plaza de Las Ventas en unos siete años los abonos pasaron de cuatro mil a dieciocho mil, llegando en los 90 a los veintitrés mil),
pero no importó, la tauromaquía no interesaba (tanto como el fútbol).
Los siguientes fueron cazadores y pescadores (otro blanco igual de fácil)
pero no importó, ni cazaba ni pescaba, aficiones demasiado tranquilas para los amantes de las emociones fuertes.
Luego fueron por los ganaderos (ya llevan un tiempo trabajando en ello con ahínco, lo cual da muestra de los vastos conocimientos sobre agricultura que poseen)
pero no importó, ya sólo comía frutas caídas del árbol.
Finalmente mil plagas de conejos y liebres hambrientas
devoraron cosechas.
Yo acepté alimentarme de tierra y orina (el agua la había patentado una multinacional para todo),
los miles de personas que no aceptaron el trato
murieron una tras otra.
Sin sufrimiento.
A nadie importó.

Si la tauromaquia ha de sobrevivirnos o no, debería depender de ella misma y sus aficionados, por respeto a lo que en su día fue y para otros representó (ahora uno tiene cientos de realitys y muchos equipos de fútbol para conseguir un minuto de gloria ) merece una muerte natural y con el amor en la mano izquierda (conservarla como espectáculo para turistas sólo puede denigrarla). La única petición es respeto para nuestros toreros y nuestros toros. Sólo eso. ¿Es tanto pedir?
En cualquier caso, la tauromaquia no es el problema (sólo el blanco fácil) sino los gremios a los que intentarán hacer sucumbir después.
Todos podemos entender, que algo tan ancestral como la tauromaquia, está lejos de las sensibilidades actuales; incluso es comprensible que cuando muchos descubren que detrás de las bandejitas de carne del súper hay un animal vivo decidan cambiar de régimen alimenticio. Las sensibilidades se modifican porque las circunstancias importan, y nada de ello impide saber que los antepasados de nuestros antepasados criasen y matasen pollos y cerdos con sus manos, que la ciencia usara cobayas en sus experimentos para que hoy estemos libres de algunas enfermedades, etc.
La naturaleza no es un parque de atracciones lleno de emociones y sensiblería, es una jungla en la que todos y cada uno de los seres vivos luchamos por sobrevivir (plantas incluidas, que aunque carezcan de “sistema nervioso” no podemos olvidar que están vivas). Nuestra tarea, como seres racionales, es conseguir “un equilibrio” entre las necesidades de unos y otros, y lo que Gea nos puede ofrecer, y no, no vamos por buen camino (y no porque sobren personas, que aquí no sobra ni dios).

DEP Víctor Barrio

Preguntas absurdas que no sé si se hacen los animalistas en la intimidad:
¿Qué pasa con los toros en Portugal cuando se apagan las luces de la plaza?
¿Qué sucede con los caballos cuando se les despide del trabajo?
¿Qué tratamiento reciben los animales retirados de los circos? ¿Hay hueco para todos en los santuarios o se sacrifica a unos cuantos sin dolor (eso sobre todo)?
¿Cómo es posible que la izquierda haya quedado reducida a defensores de mujeres y animales?

P.D: No es necesario contestar ninguna. Gracias (si alguien ha sido capaz de llegar hasta el final). ¡Menuda chapa!
©Luisa L. Cortiñas

Nunca pensé que un artículo como éste estrenase “de facto” mi “catálogo del declive”.
.

4 comentarios:

  1. no me publica el comentario que habia escrito.

    ResponderEliminar
  2. no me publica el comentario que habia escrito.

    ResponderEliminar
  3. Lo siento captainhook, lo cierto es que no he puesto moderación de ningún tipo. No te debería de dar ningún problema. Un saludo.

    ResponderEliminar

  4. Me parece que el problema lo cree yo mismo al hacer clic sobre "vista previa" antes que a "publicar", después pude comprobar que era al revés, al publicar mi frase de mas arriba. Que por cierto el programa me la publico por duplicado. No se si por un error suyo, mio o quizás de los dos,quien sabe... O quizás lo hizo adrede como premio/disculpa... O si fue una forma irónica de llamarme zoquete tecnológico.

    En fin, que me quede sin publicar el comentario de marras y no puedo volver a escribirlo porque era un ladrillazo de mucho cuidado, algunos han sido objeto de estudio, a nivel virtual me refiero), no tanto por su calidad como por su desmesurada cantidad. Razón por la cual se me hace imposible recordar en su totalidad semejante cumulo de palabras. Lo que si puedo decirte es que a groso modo, era positivo hacia tu comentario, con sus mas y sus menos, pero positivo al fin y al cabo.

    Gracias por tu atención.

    UN SALUDO


    ResponderEliminar